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10 Mitos en torno a perder peso que podrían sorprenderte

Existen al menos 10 de los mitos muy extendidos en torno a adelgazar que, según los expertos, deberías desterrar…

Cuando pensamos en comer de una manera saludable y en deshacernos de esos kilitos de más que ganamos en las vacaciones, a muchas personas nos vienen a la cabeza una serie de creencias. Sin embargo, a pesar de que algunas de ellas esté ampliamente extendidas, la ciencia a demostrado que no son más que mitos.

En esta ocasión compartimos contigo 10 de los mitos que probablemente hayas escuchado o leído con más frecuencia y que no tienen base científica, según afirman en la revista Mujer Hoy:

Si quieres adelgazar, evita las grasas. Sí es cierto que los productos ricos a la vez en grasas e hidratos de carbono refinados (como la bollería, pizzas, empanadillas, rebozados, aperitivios…) favorecen la obesidad, pero no por la grasa. Se ha comprobado que las dietas ricas en grasas y pobres en hidratos de carbono consiguen mayores pérdidas de peso que las pobres en grasas y hasta en calorías. De hecho, no existe un solo estudio que demuestre que una dieta baja en grasas y rica en hidratos de carbono ayude a prevenir enfermedades. Incluso el famosísimo estudio Women´s Health Initiative (el mayor que se ha realizado en la historia sobre nutrición) concluye que ese tipo de dietas no ayudan ni a perder peso ni a reducir el riesgo de sufrir una enfermedad cardiovascular o un cáncer.


Las dietas ricas en proteína dañan los riñones. Aunque las personas que sufren enfermedad renal deben reducir el consumo de proteína, este consejo no se puede aplicar a las que están sanas. Incluso hay estudios que indican que aumentar el consumo de proteína reduce la tensión arterial y ayuda a combatir la diabetes tipo 2, enfermedades que son factores de riesgo de insuficiencia renal. Además, la proteína mantiene la saciedad y evita los ataques de hambre, lo que ayuda a perder peso. Y no hay que olvidar que la obesidad es otro factor de riesgo de insuficiencia renal.

Es mejor hacer cinco comidas al día que tres grandes. Antes se pensaba que distribuir el total de calorías diario entre un número mayor de comidas aumentaba el metabolismo y ayudaba a controlar el peso. Ahora sabemos que quemamos las mismas calorías distribuyendo el total entre dos o tres comidas diarias que tomándolas en cinco o seis. Incluso se ha comprobado lo contrario: que comer con demasiada frecuencia puede ser perjudicial para la salud y la silueta, porque favorece la obesidad abdominal y el hígado graso.


Come con poca sal para evitar la hipertensión. Aunque un bajo consumo de sal sí reduce la tensión arterial en personas hipertensas, investigaciones recientes indican que eso no siempre tiene repercusión en el riesgo de sufrir ataques cardiacos, ictus o incluso en la mortalidad. La única excepción a esta regla son las personas con sensibilidad a la sal, un problema con un componente genético que afecta a la mitad de los hipertensos, los diabéticos y a pacientes renales. En general, son más sensibles a la sal las personas mayores o las de raza negra u oriental.


Hay que comer productos integrales. Las especies híbridas de trigo conseguidas en el último siglo han traído variedades nuevas, pero menos nutritivas y que varios estudios relacionan con colesterol alto y marcadores inflamatorios. Frente a ellas, variedades antiguas como la espelta se consideran más saludables. Dicho eso, cuidado con los productos procesados que llevan la etiqueta de integral en el paquete. Muchos están elaborados con harinas tan finamente molidas, que el organismo las procesa casi como si fueran refinadas. Tenlo en cuenta a la hora de elegir tus productos.


El café es perjudicial para la salud. Algunos médicos siguen prohibiendo el café a sus pacientes, sobre todo por la cafeína. Aunque es verdad que puede provocar palpitaciones, ansiedad e insomnio, el café es la principal fuente de antioxidantes de la dieta occidental (más que las frutas y las verduras juntas). Las personas que toman café habitualmente tienen menor riesgo de sufrir depresión, diabetes tipo 2, cirrosis y cáncer hepático, Alzheimer y Parkinson… Incluso hay estudios que relacionan su consumo diario con una mayor esperanza de vida. Brindemos por ello con una taza de buen café.

Comer huevos a diario sube el colesterol. Llevamos años diciéndolo, pero no está de más repetirlo: no es lo mismo el colesterol de los alimentos que el colesterol de nuestra sangre. De hecho, el colesterol que poseen los huevos apenas tiene efecto en los niveles sanguíneos de colesterol total y de colesterol “malo” (LDL), al menos en la mayoría de la gente. En cambio, sí se ha comprobado que tomar este alimento aumenta la cantidad de colesterol “bueno” (HDL), que es el que ayuda a mantener despejadas las arterias. Además, una revisión de 17 estudios en los que se revisaron datos de más de 250.000 personas ha concluido que los huevos no aumentan el riesgo de enfermedad coronaria ni de ictus en la gran mayoría de las personas. Si no tienes diabetes (la única excepción que aparecía en esta revisión), no te prives de comer tortilla: casi todos los nutrientes importantes están presentes en la yema de huevo. Por eso, tirar las yemas y quedarse solo con la clara es un mal consejo. ¿Quieres saber cuántos puedes comer sin que sea un abuso? Las últimas investigaciones apuntan a que una persona sana y que quiere mantenerse así puede tomar perfectamente hasta tres huevos diarios sin ningún problema.


Los lácteos desnatados son más sanos. La idea de que los lácteos enteros aumentan el riesgo de obesidad y de enfermedad cardiovascular se ha desplomado como consecuencia de las nuevas investigaciones científicas. Incluso se ha observado que los lácteos enteros que provienen de vacas criadas con pastos naturales son más saludables que los que proceden de vacas criadas con piensos. Pero no exageres, tampoco se trata de abrir la veda y lanzarse a abusar de estos productos, sino de explicar y tener en cuenta que un consumo razonable de lácteos procedentes de vacas criadas en libertad con pastos naturales (y aún mejor fermentados), es saludable y seguro.


Todas las calorías son iguales, da igual de dónde vengan. Cada tipo de alimento se metaboliza de forma diferente y tiene un impacto distinto en las hormonas y centros cerebrales que regulan el apetito. Por ejemplo, una dieta rica en proteína aumenta el metabolismo, reduce el apetito y ayuda a perder peso. Resumiendo: que cada caloría es distinta y no todas tienen el mismo efecto sobre nuestra salud.

 

Los productos bajos en grasa son mejores. Cuando las autoridades sanitarias dijeron que había que reducir el consumo de grasa, la industria alimentaria reaccionó diseñando todo tipo de productos bajos en este ingrediente. El problema es que, al eliminar la grasa, el producto sabía fatal y, para compensar, los fabricantes le añadieron azúcares, a veces en grandes cantidades. Así podían afirmar legalmente que su producto era “bajo en grasa” (o light). Sin embargo, más tarde se ha comprobado que el exceso de azúcar es altamente perjudicial para la salud, mucho peor que la grasa presente en el alimento de forma natural. La mayoría de expertos creen hoy que el desaforado consumo de azúcares añadidos está detrás de la epidemia actual de obesidad, diabetes tipo 2, enfermedad cardiovascular e incluso cánceres. Conclusión: la industria se enfrenta ahora al reto de reducir los azúcares añadidos y recuperar las grasas saludables, conservando el atractivo del producto.

 

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